El último día:

Contrario a lo que debería, la primera entrada de este blog empieza con los últimos días de mi primer año como Au Pair, pienso que es el momento donde puedo hacer un recuento a grandes rasgos de toda esta experiencia y empezar una serie de pequeñas historias sobre qué significa realmente ser una Au Pair.

Irse no solo significa aceptar que te alejas de las personas con las que has vivido durante el último año, irse también te pone a pensar en que viene algo nuevo, en el que la vida nuevamente está abierta ofreciéndote mil posibilidades o mil incertidumbres. Bien sea que vuelvas a tu país de origen o que permanezcas en el nuevo país, todo es una mezcla de emociones. El último día simboliza el final de un ciclo y como todos los finales está cargado de sentimientos encontrados y en mi caso personal de llanto porque siempre he sido bien lágrima floja.

El día anterior a mi partida fuimos a comer a un restaurante en familia, los papás, las dos niñas y yo; hablamos un poco del último año que habíamos pasado y de todo lo que muchas veces nunca dijimos y al final todos pensábamos igual; mientras esperábamos la comida hicimos un intercambio de regalos, por supuesto yo no había previsto que ellos fueran a darme algo y ellos tampoco que yo hubiera preparado un detalle, pero así fue; tengo: los dos dibujos más lindos del mundo (además de otros mil que obtuve durante el año) donde estas niñas me demuestran que el amor fue mutuo, que cada momento que yo voy a atesorar, ellas también; un llavero precioso que ahora tiene las llaves de mi nuevo hogar y un detalle con un valor incalculable que los papás decidieron sabiendo que sería lo mejor para mí; yo tenía un libro para cada una de las niñas y un álbum de fotos que incluso quería quedarme porque tenía algunos de nuestros mejores recuerdos pero que lo hice para ellas, para que un día lo vean y se acuerden que dondequiera que yo esté, existe una persona que las ama con todo el corazón; luego cenamos, reímos y como siempre tuvimos una de esas cenas donde luchas porque los niños terminen su plato y los papás (y la niñera) comen a medias y con un poco de afán, una cena donde al final te quejas y dices que no vuelves a traer a los niños a un restaurante sin juegos aunque claramente volverá a pasar.

Esa noche decidimos hacer una pijamada con la niña más grande (6 años) y vimos un poco de televisión, hablamos y yo traté de explicarle una vez más mis motivos para irme y dejarle muy en claro (en francés, no imaginan lo difícil que aún es) cuán hondo entró a mi corazón y que ni ella ni su hermana van a salir jamás de ahí.

La mañana siguiente, con dos maletas enormes, donde cargo mi vida entera (LITERALMENTE), y una mochila en la espalda, mi familia durante 11 meses me dejó en un bus que me llevaría a una nueva aventura y al igual que el día que partí de Colombia y lloré abrazando a mi mamá, este día, lloré abrazando a dos chiquitas que seguro voy a volver a ver pero que ahora no será todos los días, dos chiquitas que por más que me olviden (porque un día pasará si el contacto se llega a perder) siempre estarán en mí, en la persona que soy y en quien llegaré a ser. Para mí, esta familia y esta experiencia no fueron perfectas porque nada es 100% perfecto, pero sí fue maravilloso, ellos me brindaron un hogar cuando al final nunca están obligados a hacer más de lo que el programa incluye y no podría estar más agradecida con la vida por haberlos puesto en mi camino.

No puedo prometer a todas las personas que lean esto que la experiencia siempre es así, que las familias son ideales y que todos al final lloran y se van a extrañar con el alma, porque no, no pasa siempre y aunque hay experiencias muy buenas, hay otras muy malas y hay otras básicas, en las que la relación Familia – Au Pair es un contrato como cualquier otro y el día que se acaba no es más que un día más, pero esas son historias para otro día.

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