Para Carolina.
Emigrar es una de las mejores experiencias de la vida y por supuesto que tiene un lado sencillo: viajar, conocer personas, lugares y costumbres nuevas todos los días, equivocarte y reírte de ello, sorprenderte, maravillarte y hasta asustarte un poco de vez en cuando. Nunca diré que cambiaría esta experiencia para quedarme por siempre en mi país porque no lo haría, es la mejor decisión que he tomado en la vida, pero como todo tiene efectos secundarios.
Lo más difícil de estar lejos es la gente, pero al contrario de los que todos piensan, no es extrañar la calidez del hogar, ni los abrazos de mamá, ni las comidas típicas, ni esas reuniones familiares enormes (los latinos hacemos grandes fiestas de pequeños eventos), ni las salidas con amigos, ni las Navidades y años nuevos, SÍ, eso es muy duro y todos los días punza en el corazón pero al final todas esas personas están a una llamada de distancia, un Skype o un FaceTime, la tecnología es una fuerza increíble en la cual soportarse en esta situación y es el medio más sencillo de evitar (bueno, a veces no tanto) romper en llanto en medio de un día de triste. Lo más difícil es la gente que se va, los que mueren mientras estás lejos, y es que cuando esto sucede no vives el luto de una manera real, llevas tanto tiempo sin ver a esa persona (y a todas las demás) y pasarás largo tiempo sin volver a “verla” que la muerte no se realiza en tu cabeza, el no estar de esa persona es una normalidad en tu vida y hasta que no vuelvas y enfrentes la realidad no sentirás del todo que se ha ido.
Mi prima Caro murió un día como hoy hace seis meses, me enteré en una mañana de trabajo antes de salir con las dos niñas para el colegio: 8 a.m., un mensaje por WhatsApp <<Carito se fue para el cielo>>… Yo me derrumbé, aunque nunca había mostrado cuando sentía tristeza con mi familia de acogida, ese día no pude, y lloré como una niña pequeña sin moverme de donde estaba, logré articular algunas palabras y los papás de las niñas me dijeron: <<No te preocupes, tómate este día>>, y yo ¿qué hice? Llorar claro, pasé el día en los brazos de una de mis mejores amigas llorando y queriendo salir corriendo para Colombia y no volver jamás. Éste es todavía el momento en el que hablar de Caro me pone un nudo en la garganta, a lo largo de estos seis meses me he dado cuenta que aún no tengo la certeza de que no la volveré a ver.
Del 2015 al 2017 vi a Caro mínimo una vez por semana, trabajamos juntas, comimos juntas, salimos juntas y compartimos cosas que durante muchos años no hicimos porque nuestra diferencia de edad era un poco amplia y estábamos en diferentes etapas de la vida, pero su enfermedad en medio de todo lo malo me brindó la oportunidad de pasar mucho tiempo con ella, en el 2018 me mudé de ciudad y dejar de verla tan seguido fue muy extraño pero al mismo tiempo hablábamos seguido y yo traté de estar lo más pendiente que pude de su proceso y ella de mis cosas, antes de viajar a Francia pasé un tiempo de nuevo en mi casa (bueno, la de mis papás) y ahí tuve la oportunidad de verla de nuevo un poco, no es un consuelo pero ahora agradezco cada momento que pude compartir al final. Es aquí donde siento que lo más difícil es la gente que muere, a mi mamá la vi por última vez el 11 de septiembre del 2018 y estoy segura de que la volveré a ver un día, pero a Caro la vi por última vez un 4 de agosto y por más que vuelva a Colombia ella no estará ahí.
A todos los que me leen y están lejos, espero que no tengan que pasar por esto y si ya lo pasaron, les envío toda la fuerza que puedo dar; los dejó con la frase que me escribió Caro el día que viaje a Francia:
“Vive, que la vida es lo que hacemos, lo que disfrutamos y lo que sufrimos; eso nos llevamos… pero tengo plena seguridad: fue creada para ser felices.”
[Carolina Palomino Tapias. 2019]
